miércoles, 5 de mayo de 2010

La indiscreta memoria de un abogado

Recuerdo que cuando cumplí 8 años sentí que iba a ser feliz. Mi padrino de bautismo había venido a recogerme para irme a unas vacaciones a su casa de playa. Era la primera vez que lo veía y me imaginé que era él por las fotos que mi madre me había enseñado cuando era más pequeño. En ese tiempo ella era una madre soltera y propuso hablarme muy bien de él para que no fuera mucha la sorpresa. Creyó ella eso, pero en estos días el país andaba por los caminos de lo misterioso. Parecía que alguien se sentía orondo jugando con la realidad. Primero, nos dejaron ser libres, al fin éramos una cosa que la gente definía como soberanos. Luego, un mar de personas en las autopistas del país había cambiado el auto por la bicicleta. Por último, la economía del gobierno estaba en un completo balance y la gente gozaba de una calidad de vida incalculable. Nada de esto me importaba, porque a esa edad no me interesaba comprenderlo. Ninguno de estos hechos me impresionó tanto como ir al funeral del señor don Júpiter.

Eran las primeras vacaciones con mi padrino y quería disfrutarlas al máximo. Iríamos a nadar y a pescar en alta mar en su yate, visitaríamos los museos y parques, luego comeríamos los dulces y los helados que quisiéramos, según él me dijo. Aquí aprendí que uno tiene que ser un poco más desconfiado cuando las cosas son demasiado buenas. Nada es perfecto. Como un maremoto la casualidad azotó mis difusas orillas.

El día que llegué a su casa de playa vi a la esposa de padrino correr hacia el auto mientras nos estacionábamos. Me bajé del dispuesto a saludarla con un abrazo y un beso. Ni siquiera me notó y recordé un plato sucio en el fregadero que se mira con desgano. Se acercó a él y exclamó alarmada:
-¡Carlos, Don Júpiter a muerto! -y bajó la cabeza como en señal de duelo.
Padrino me miró afectado por la noticia, pude ver cierta sinceridad en sus ojos cuando me dijo con una voz grave:
-Tendrás que comprender, Julito, pero don Júpiter era un gran amigo y le debo mis respetos.

Eso fue todo, no tuvo que decirme que por el momento las vacaciones se pospondrían por unos días hasta por el luto. Me preguntó si traía algo de ropa casual para ponerme. Le contesté que sí pensando en luto y en las formalidades de la muerte. Pensé que era un ejercicio desagradable morir en verano, cuando la playa, el sol y la aventura del día esperaban a uno con los brazos de par en par. Mi humor se tornó en una masa intragable que bajaba lentamente por mi esófago. En ese momento hubiese deseado llorar, pero el fuego de mi coraje hirvió las lagrimas.

El día del trayecto hacia la funeraria figuré a don Júpiter como un dios romano, en una estatua enmarcada por la belleza y la fuerza que podría ser capaz de irradiar. Un redentor diáfano y desconocido, al cual todos lloraban y estimaban. Pregunté a padrino quién era el señor don Júpiter. Su esposa se dio la vuelta en el auto y me lanzó una mirada en la que reconocí de manera borrosa la palabra: INSOLENTE. Vi salir de sus ojos cada una de las letras y posarse en mi frente. Padrino le dio un toquecito con la mano y movió su cabeza en señal de negación, como si dijera: “perdónalo, mi amor, porque no sabe lo que pregunta”. Comenzó diciéndome que don Júpiter fue uno de los más prominentísimos licenciados del país. Que su labor en las leyes había tenido una trayectoria distinguidísima. Nunca perdió un pleito en corte. Gobernantes pedían su consejo, senadores y congresistas su dirección y los jueces su opinión sobre un caso de sensitividad jurídica en particular. No había conocido ha nadie con estirpe de reyes, pensé. Recordaba los héroes de la Grecia mitológica, aquellos que gravaron leyendas con sus gestas. Si una palabra definía al señor don Júpiter, ésta era titán.

Llegamos a la funeraria entre silencios y estertores. Unos changos aterrizaron en la capota de la camioneta de padrino. Al éste percatarse de los mismos, comenzó a espantarlos con una gruesa revista de armas que sacó del compartimiento de su puerta.
-¡Malditos pájaros! -gritaba mientras golpeaba el viento con la revista.
Tuve la impresión de que una bandada de changos se acercaba en forma de una espesa y negra nube de aleteos que picoteaban a mi padrino hasta desangrarse. Asumieron posición de vuelo y se elevaron como triángulos oscuros en el aire.

Mientras caminábamos hacia el interior de la funeraria, la esposa de mi padrino le tomó su mano y lo miró diciéndole:
-Era un gran hombre, ¿Verdad?
-En serio que lo era -contestó él y posó su mirada en las puertas corredizas de la entrada.

Me fijé en los autos que había en el estacionamiento. Todos de lujo y de último modelo. Estacionados vi Alfa-Romeo, BMW, Mercedes-Benz, Bentley y demás; signos incuestionables del estatus social que ostentaba el señor don Júpiter. Observé las figuras frente al cristal de la entrada y me parecieron contornos de líneas mal tiradas, ambiguas y graves. Vi mi forma en ellas y la misma no quería unirse a esos trazos alocados y asimétricos que correteaban de un lado a otro dentro de la funeraria. Entramos. Adentro una mezcla de olores de perfumes y colonia invadió mi nariz. Luego el hedor a moqueta recién aspirada me hizo dar un gran estornudo que captó la atención de los presentes. La esposa de padrino se acercó a mi oído con una sonrisa que interpreté como los deseos de la salud o la bendición de Dios, pero en el momento que su cabello cubrió sus labios me susurró que era un indiscreto. Se irguió y la sonrisa volvió a adherírsele a sus labios. No sé por qué vino a mi mente la imagen de un camaleón con una larga y castaña cabellera. Padrino y su esposa continuaron saludando a los que se acercaban a ellos. Yo no formaba parte de los saludos y sentí que me moriría de aburrimiento. Las personas, como dignatarios de una reunión de líderes mundiales seguían con los saludos de rigor en el funeral. Un abrazo al hermano del señor don Júpiter, don Marte. Escuché a padrino llamarlo y decirle que lo acompañaba en los sentimientos. La esposa de padrino saludó a la otra hermana del señor don Júpiter, Venus y yo me imaginaba la alineación de los planetas frente a mí.

Era joven y no me molestaba estar de pie, pero en aquella ocasión no me sentía como para hacer de cola de león de nadie, incluso de padrino. Me senté, mejor dicho me hundí en un mueble muy acojinado que estaba libre mientras ellos platicaban sobre la repentina muerte del señor don Júpiter. Frente a mí había una mesa ovalada en granito negro que tenía encima varias revistas descompaginadas. Aquello era como una gritería en un callejón estrecho. En ese momento lo único que se me ocurrió hacer fue comenzar a darles nombres y vidas falsas a las personas que veía allí. Pensé que eso era divertido y lograría matar el tiempo que se había detenido. Hola, soy doña Nebulosa, tengo una tienda de ropa y zapatos de diferentes diseñadores, me gusta el vino, las joyas y la velocidad. Me llamo Mark Oort Ramírez, soy finlandés puertorriqueño, me gusta el golf, los autos y las finanzas. Aquí Claudio Calvo, soy cirujano plástico, adoro la ropa de marca, el spa y la aroma terapia. Así estuve desde la mañana hasta la tarde, cuando nos dispusimos a ir a comer unos sándwiches en una panadería cubana que quedaba en el mismo local que la funeraria. Todos me parecían tan monocordes, gestos pomposos y deliberados para buscar la atención. Las corbatas, los trajes y los zapatos de los hombres. El sombrero, las joyas y los trajes de las mujeres.

Una anciana que me recordaba a un pájaro recién salido de su cascarón se sentó a mi lado. Me sonrió y distinguí una esmaltada caja de dientes en su boca, como si éstos hubieran perdido la capacidad de envejecer. Vi que padrino y su esposa se disponían a entrar a la sala donde estaba expuesto el cadáver del señor don Júpiter. Sentía que la inercia volvía a ganar terreno en mí y me levanté a conocer por fin el cadáver del señor don Júpiter. Antes de entrar en la sala, me percaté que en frente de mí había una pareja muy pálida que llamó mi atención. Ambos iban vestidos de púrpura, un púrpura cálido y estridente. Era como ver una foto muy antigua, de esas en las que el color entristece y agoniza en un mar oquedad y silencio. Ella tenía una pamela que se le doblaba en la parte frontal y creaba el efecto de un velo abultado y rígido. Él tenía un traje ajustado que lo hacía ver más alto de la cuenta. De las manos de los dos se escapaba una tonalidad blanca translúcida que me hizo pensar en el primer témpano de hielo que existió en el mundo. Antes de entrar se detuvieron a firmar el libro de los recuerdos. Se tomaron todo el tiempo del mundo y las personas que estaban esperando para firmarlo ni siquiera se molestaron en apurarlos. Era como si un hoyo negro hubiese absorbido toda su luz, dejándolos sin reflejo ante el ojo humano. Las personas sólo se limitaban a hacer observaciones triviales en la espera de su turno. Después de que padrino y su esposa firmaron, me dispuse a mirar el nombre de la extraña pareja. Sr. y Sra. Teremú, leí. Cuando iba a firmarlo yo decidí poner un nombre falso para hacerle el honor a mi aburrimiento. Julio Verne, eso fue lo que puse, me imaginé que era algo entretenido para el muerto. No sé dónde lo leí, pero en ciertos lugares del mundo este libro es puesto dentro del féretro para que en el más allá el difunto sepa quién fue y quién no fue a su velatorio.

Seguí con la vista a la inhabitual pareja hasta que se posaron frente al féretro del señor don Júpiter. Padrino y su esposa continuaban inmersos en conversaciones sobre casos, ganancias y honorarios. Hablaban de resoluciones de sentencias y del desaforo que sufrió un honrado abogado que cuyo nombre evitaban revelar. Es el secreto de la profesión, no incriminar a colegas, decía padrino. Me acerqué hasta el ataúd donde estaba la pareja. El sitio estaba adornado con toda la pompa posible. Coronas, ramos de flores frescas, cartas, acrósticos con el nombre de Júpiter y un crucifijo de bronce en la tapa de la caja. Ésta era de acero inoxidable con agarraderas cromadas y con cuatro ángeles a relieve en la parte del frente. Debajo de cada uno se leían sus nombres, Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Tan cerca estaba del difunto que logré ver su rostro. El señor don Júpiter tenía alrededor de algunos 60 años. Las facciones fuertes de su cara hacían que se viera como si estuviese tomando una agradable siesta. Su bigote fino y acicalado le daba el balance perfecto a su cara. No se veían rastros de ojeras ni de arrugas que no fueran por los años que ya había ganando. Su olor era muy peculiar, ya que a su alrededor, además de las flores que lo rodeaban, se percibía un acuciante olor a violetas que inundaba el perímetro. Su rostro y su cuerpo lo único que dejaba ver era que el señor don Júpiter se había dado una buena vida. Pudiera haber creído que el señor don Júpiter había muerto no hacía ni 15 minutos.

La señora Teremú acercó su oído al pecho del difunto y auscultó su interior. Lo sondeaba. Llegaba hasta su estómago y subía hasta el comienzo de su caja torácica como un animal al que el hambre trastorna. Al principio me puse nervioso, pero me di cuenta de que lo que buscaba era un ruido como de grillo moribundo que salía del interior del ataúd. Era similar al de una serpiente reptando, rabiosa e inminente hacia su presa. Nadie, excepto ellos y yo se habían fijado en el extraño sonido. La gente continuaba dentro de la sala en sus conversaciones. Murmullos y suspiros profundos llenaban los espacios vacíos dentro de la sala que pronto se tornó en una caja hermética e incómoda. Veía a padrino y a su esposa en uno de los asientos hablando con una señora que tenía un peinado en forma de jaula. Me volví hacia el féretro y vi que la señora Teremú le dijo algo al oído del difunto, mientras tocaba las formas de los ángeles y dejaba ver una sonrisa de luna menguante. El señor Teremú sólo se limitaba a mirar la pared de enfrente en una actitud grave y espectral. La señora se puso derecha, se dio la vuelta y me vio a los ojos sosteniéndome la mirada. Era la primera vez que distinguía su rostro y de lo único que me acuerdo, es de una sonrisa glacial de la cual tuve la extraña certeza que algún día volvería a verla, contenta y voluble. Ambos me dieron la espalda y se perdieron entre el crepitar de los trajes y el olor a violetas nauseabundas.

Observé entonces la cara del señor don Júpiter con cierto estupor. Me percaté que su rostro había perdido el tono rosáceo con el que lo había visto desde hace un momento. Sus pobladas cejas habían comenzado a caer, su bigote se volvía amarillento y crispado, como un bosque asolado por un fuego. Las estrías de su cara se notaban más profundas. Un paciente con cicatrices brutales y caóticas en su cara. Puedo decir que una calvicie extrema se apoderaba de su cabeza con cada segundo. Su camisa de hilo blanco tejido estaba percudida. Los pelos recrecidos en el área de su barba, lo hacían ver como un dios de menor grado que ya estaba cansado de existir. Se comenzó a marchitar.

Desde el momento en que vi caer la primera gota quedé sin aliento. Miré a todos lados para constatar de que yo no fuera el único que había presenciado semejante rareza. Constaté lo que era. Una gota de un líquido plomizo se había escabullido por uno de los orificios de un ángel. Miguel. Cayó silenciosa y envuelta en un ralentí tedioso, directa hacia la alfombra. La gente estaba absorta en sus conversaciones en las cuales repetían los mismos elogios al señor don Júpiter. Padrino se reía muy duro de una anécdota que le contaba don Marte, su mandíbula me hizo recordar una ratonera. La esposa de padrino dialogaba con unas mujeres que llevaban puestos unos trajes muy ceñidos a sus cuerpos, realzando la figura atlética de ambas. Las tres se enseñaban las uñas como si fueran manojos de ramas. Una gota del mismo color brotó de Gabriel. Esta brillaba como un ascua blanquecina. Don Júpiter continuaba en una especie de deterioro estático. La señora que parecía un ave recién salida de su cascarón comenzaba acercarse por el pasillo. La viuda, abrazada por un manto de silencio, miraba el cadáver del señor don Júpiter de manera fantasmagórica. Yo tenía la cara iluminada como una bombilla. Le sonreí mirando la reverberación en la alfombra. Ahora era el turno de Rafael. La perla gris se deslizó de manera precipitada hacia abajo. La viuda la vio y se levantó.
-¿Qué fue eso? -preguntó.
-Los ángeles están llorando -dije y me moví hacia la esquina del féretro.
Le tocó a Uriel exprimir el zumo grisáceo. Como cuando uno abre una llave de paso, el líquido gelatinoso corrió de manera vertiginosa. La viuda saltó hacia atrás, casi tumba a la anciana pájaro que estaba detrás de ella.
-¿Qué es eso? -preguntó con sus ojos de luto.
-Eso, eso es la memoria. El muerto tiene un derrame de memoria -dijo el ave, profética.

En eso todos los dolientes callaron, no se escucharon risas ni murmullos y ni siquiera un hipo de llanto. Como si todos a la vez hubiesen hecho un pacto silente. Me acerqué hacia el charco que se desplegaba frente al ataúd. Detrás de mí escuchaba la voz de padrino que me llamaba con una insistencia feroz. Su esposa gruñía y le increpaba. A una distancia donde podía ver el reflejo de mi cara en el charco plomizo, pude distinguir un puntito brillante que titilaba en su interior. Don Júpiter parecía que todavía conservaba el miedo de la última vez que estuvo con vida. El puntito comenzó a crecer hasta llegar a un tamaño notable. Fluidos y líquidos que le salen a los muertos, mencionó la viuda con una sonrisa avergonzada. Una funeraria tan cara y de buena reputación no podía venirse abajo por el error de los embalsamadores. ¿Cómo es posible? Se preguntaba la gente.
-La memoria es traicionera -volvió a declarar el ave.

Dentro del charco se comenzó a distinguir la imagen borrosa del señor don Júpiter en vida. La gente se acercaba a ver lo que parecía una grieta en la realidad. Don Júpiter en un carro lujoso a toda velocidad. Luego, don Júpiter siendo detenido por un policía al que le extendía algunos billetes. En otra, compartiendo con unos amigos, muchos de los cuales reconocí en la funeraria. Parecían brindar felices, mientras que don Júpiter sacaba de su bolsillo una bolsa azul con un polvo color crema. Cambió la imagen en la que se veía a don Júpiter sosteniendo relaciones sexuales con una mujer que no era la viuda. En la próxima don Júpiter sostenía un maletín, frente a él se encontraba uno de los jueces que estaba en el funeral. Éste abrió el maletín y le dio a don Júpiter un grueso fajo de billetes. En el ataúd el cadáver se hundía cada vez más en si mismo como un malvavisco desinflado. En un juicio, el mismo juez del maletín dio un golpe con el mallete, en esta imagen vi a padrino, a don Júpiter y un hombre de mala cara saludarse mutuamente en la corte. Detrás de ellos una familia lloraba y los señalaba de manera airada. En una borrosa limusina cuatro hombres esperaban sentados, don Júpiter, padrino, el juez y el hombre de mala cara. Éste último se bajó de la limusina y se acercó a un auto que estaba adelante. Sacó un arma y le disparó a quemarropa al conductor del mismo. Se montó en la limusina y se fueron. No se escuchaba nada, sólo se veían las imágenes en aquel líquido plomizo que mantenía en vilo a la gente. Poco a poco se fueron escabullendo del funeral las caras reconocidas por el escarnio. Padrino y su esposa en una esquina conversaban de manera acalorada. En esto la siguiente imagen mudó a otra nueva. Ahora, don Júpiter aparecía abofeteando a la viuda. Luego la tiró al suelo para darle de patadas. El olor a violetas se había disipado y era suplantado por la fetidez de la carne en descomposición. Don Júpiter en el ataúd se perdía así mismo. Con cada imagen en el charco su leyenda quedaba en el olvido. Al reconocer las miradas de vergüenza ajena, los invitados continuaban su camino sin despedirse de la viuda.

Yo estaba impresionado por haber hurgado en el pensamiento ajeno. Era como penetrar en el secreto de lo desconocido. No me quería ir de allí, quería seguir viendo el derrame de memoria que don Júpiter había tenido. No fue hasta que padrino me haló por un brazo y rompió mis deseos de estar allí. No quería nadar ni ir de paseo en el yate, sólo ver el indeleble pedazo de recuerdo de don Júpiter. En el techo de la camioneta pude reconocer los pasos de los changos. Comprendí que el señor don Júpiter ya comenzaba a apestar. Su gran nombre pasó a ser sólo un detalle nimio, un fleco suelto que que desmerece la ropa. En el momento que su memoria lo abandonó, sólo fue un dios muerto. No sé por qué sentí la necesidad de preguntarles a padrino y a su esposa quién había sido el señor don Júpiter.

J. J. Rodríguez